Nick Cave & The Bad Seeds: ¿El concierto del año?

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Cuando dieron el esperado anuncio de que Nick Cave venía por segunda vez a la Ciudad de México, inmediatamente se cruzaron por mi cabeza las palabras que cualquier melómano supone predecir con motivo de anticipar la magnitud de un ‘evento’ que está por venir y que pocos artistas pueden presumir tal expectativa: ‘concierto del año’. Pero cuando el día llega, y eres de los desafortunados que al terminar el concierto siente que ese artista quedó a deber, te sientes como un ridículo en vez de defraudado. Ridículo porque al terminar la noche y el día consecutivo, conversé con distintos asistentes y todos parecieron haber disfrutado al máximo cosas que yo realmente no viví ni sentí. No sé si con la edad me he vuelto más amargado o simplemente más crítico del incumplimiento de las expectativas que me genera desde lo más banal hasta lo que podría considerarse importante, pero un concierto en vivo es siempre la cumbre experiencial de la ejecución emotiva de un artista, y en este caso, no lo fue así.

Al llegar al estacionamiento del World Trade Center, fue extraño ver tan pocos automóviles cuando faltaba poco más de media hora para las 9 en punto de la noche (hora estipulada de inicio). ¿Se llenará el Pepsi Center? En esos momentos tenía la impresión de haber llegado tardísimo, mi preocupación radicaba en no encontrar un buen spot entre el público para observar y escuchar de manera adecuada, más aún a punto de ver a un artista de tal envergadura donde suponía iba a estar repleto de fanáticos. Al entrar, me encuentro con la suerte de tener el suficiente tiempo para comprar cervezas y encontrar justo el lugar que quería. Es raro que en este caso el concierto no generara la asistencia que todos estábamos esperando y más aún cuando los precios de los boletos fueron bastante accesibles. ¿Será que tuvo que ver el día?, ¿Las marchas del 2 de octubre?, ¿El gasto de los festivales y conciertos que se aproximan? No lo sabremos, pero al final, el recinto no estuvo ni cerca de llenarse. He tenido la oportunidad de asistir a varios conciertos en este venue y para mi sorpresa, es uno en donde menos público vi. La sección general no estuvo dividida en A y B como de costumbre, sino que era pista general por completo. La gente se conglomeró en el espacio que llega hasta el límite de donde se encuentra la cabina de ingenieros en audio e iluminación (hasta la mitad de la pista general). La parte de atrás estaba distribuida con gente con el suficiente espacio como para disfrutar y caminar cómodamente de un lugar a otro.

Pero ya adentrándonos en lo importante: ¡Qué manera de empezar el concierto! En primer lugar, su puntualidad fue de aplaudirse: no habían pasado ni 10 minutos pasadas las nueve cuando las luces se apagaron. Anteriormente había evitado checar el setlist con el que había predominado el tour, y fue una grata sorpresa que comenzaran con dos canciones del increíblemente infravalorado Skeleton Tree, ya que suponía que todo iba a explotar desde un principio. Estos momentos de calamidad empezaron a subir de temperatura con el inconfundible bajo de una de las canciones más reconocidas en su carrera: ‘Do You Love Me?’. Para la cuarta canción, vivimos el mejor momento de la noche, el más explosivo, catártico e inolvidable: ‘From Her To Eternity’. Fue la canción donde los fanáticos gritaban agarrándose la cabeza, donde veías a la gente que no había conectado con las últimas tres canciones soltarse tímidamente, y claro, el momento de gloria de Warren Ellis, haciendo sonar su violín como si se tratara de una guitarra eléctrica: delay tras reverb tras delay. Ecos de sus cuerdas en toda la sala retumbaban y hacían vibrar a todos con piel de gallina. El momento cumbre de la noche que fue imposible de superar.

 Foto por Jesús Quintero

Foto por Jesús Quintero

La catarsis siguió con algo mucho más tenue y seductor que el público agradeció, ya que se trataba de la continuación en la coronación de su obra, dos canciones que legitimaron el porqué de nuestra asistencia y el auge emocional que seguía encaminado al pronosticado concierto del año: ‘Loverman’ y ‘Red Right Hand’. Después de una secuencia de tal magnitud, era lógico que venía la parte romántica de Cave como compositor, esa calamidad que se convirtió en la trilogía de canciones: ‘The Ship Song,Into My Arms’ y ‘Shoot Me Down’. El público formó un silencio hipnotizador, dejando a Cave y sus músicos fluir como el centro del ritual que seguíamos presenciando. Pero, ¿fui el único que experimentó tan fuerte bajón emocional? Ver a un artista que ha consolidado su personaje denotando melancolía y aceptación a la muerte, lógicamente tiene como garantía situaciones de reflexión y doble filo, pero a pesar de que ‘Into My Arms’ sea el tipo de composición cumbre para alguien como Cave, no se sintió con el suficiente poderío sentimental por estar rodeada de dos canciones que no dejaron brillaría como se merecía. ¿Por qué no mejor tocarla al final o después del encore? Después de la triada en honor a la melancolía, siguió aún mayor desgracia y tormento con dos canciones en dedicatoria a su hijo recientemente fallecido: ‘Girl In Amber’ y ‘Distant Sky’. Luego de una consecución como la que acabábamos de presenciar, iba a ser muy complicado poder regresar al júbilo que se vivió en un principio. Mucha gente aprovechó el momento para ir al baño, comprar más alcohol y fumarse un cigarro. Había algunos que literalmente ya de plano preferían platicar para mínimo sacar una sonrisa de una manera más accesible. Fueron momentos muy tensos que lograron esfumarse de nuevo (pero no por completo) al comienzo de la extraordinaria ‘Jubilee Street’, donde Cave nos presumió de nuevo con esos modales y movimientos lo que su presencia es capaz de generar. El final de la canción fue una versión mucho más rápida y ensordecedora que en el Push the Sky Away (cosa que absolutamente todos agradecimos). Todo regresó a la normalidad cuando ejecutaron la canción que muchos esperábamos: ‘Stagger Lee’. El momento donde un provocador Nick Cave invitó al público a subir al escenario a hacer el ridículo de una manera genuina, agradable y hasta ingenua, situación que tanto ellos como nosotros disfrutamos por completo. Después del encore, absolutamente todos los pros y los contras del concierto se vinieron para abajo: A su regreso al escenario, interpretaron el clásico ‘The Mercy Seat’, pero literalmente pareció que The Bad Seeds se quedó en el backstage y que una banda de covers salió en su lugar a tocar. Luego vino ‘City of Refuggee’ que simplemente confirmó que había una banda escolar de covers de Nick Cave en el escenario. ¿Estaban ya cansados? No lo sé, pero era de no creerse la manera en la que sonaron. Cerraron con ‘Rings of Saturn’ que devolvió (un poco) lo que creía haber perdido. Al salir, vi muchas caras largas y un silencio monótono que confirmaron (al parecer) que no fui el único que experimentó grandes niveles de desolación.

Nick Cave es el tipo de frontman que proyecta el deleite con el que disfruta su trabajo: va de un lado a otro, con movimientos displicentes, modales delicados, miradas desafiantes y bailes completamente idiosincráticos. Su fondo y forma lo han convertido en una leyenda que ha mantenido su estatus por más de 30 años. Verlo arriba del escenario orquestando el aura entre su banda y el público es algo que pocos artistas (algunos se pasan toda una carrera tratando de alcanzar) logran conjuntar. Teniendo como brazo derecho a Warren Ellis es gozar de dos pimps, maniáticos vampirescos, entregando absolutamente todo de lo que mejor saben concebir. Los momentos de tranquilidad salieron sobrando (algunos), exageraron en esa quietud momentánea que se estiró más de lo que hubiéramos imaginado. Yuxtaponerlo con los momentos de júbilo es haberse quedado en la pendiente de una montaña rusa que se estancó largo rato del concierto. Cuando aterrizaron, a muchos nos costó trabajo volver a conectar, cuando lo intentaron ya muchos les habían dado la espalda. Ver a The Bad Seeds en vivo es algo obligado e indispensable al menos una vez en tu vida. Están en su mejor momento como creadores y compositores: soundtracks (Lawless, Far from Men, Hell or High Water, Mars, War Machine, Wind River), dos películas documentales (20,000 Days y One More Time With Feeling) y dos obras maestras de álbumes (Push the Sky Away y Skeleton Tree). Todo esto realizado sólo en lo que va de la década. ¿Pero en vivo? Eso habría que preguntárselo a los fans que han tenido la oportunidad de verlos en más de una ocasión. Pero al menos para mí, quedó simplemente en la experiencia y la anécdota de decir ‘Vi a Nick Cave’. Fuera de eso, no viví esa experiencia cuasi-religiosa, trascendental y única que me prometí y que sabía podría suceder. No me lo tomen a mal: AMO a The Bad Seeds. Al final, mi comentario sobre el concierto sale sobrando, pero el punto de todo es siempre sacarle jugo de lo malo a lo bueno y viceversa. Un setlist es el trasfondo y esencia de un concierto, y teniendo un catálogo tan amplio y diverso, es prácticamente imposible complacernos a todos. Y en este caso, yo fui uno de esos desafortunados. Lástima por mí. Los que no asistieron, ¿Se perdieron de algo? Completamente, es ¡Nick Cave & The Bad Seeds! Pero, ¿Fue el concierto del año que pronosticaba? Ni cerca. Será para la próxima.

Setlist:

  • Jesus Alone

  • Magneto

  • Do You Love Me?

  • From Her to Eternity

  • Loverman

  • Red Right Hand

  • The Ship Song

  • Into My Arms

  • Shoot Me Down

  • Girl In Amber

  • Distant Sky

  • Tupelo

  • Jubilee Street

  • The Weeping Song

  • Stagger Lee

  • Push the Sky Away

  • Encore

  • The Mercy Seat

  • City of Refuge

  • Rings of Saturn

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